Las relaciones forjadas entre los seres humanos y los objetos con los que damos forma y medio al mundo que nos rodea —para convertirlo en el mundo que queremos que nos rodee— resulta un tema fascinante para mí. A fin de cuentas, ¿en qué se basa el trabajo de un diseñador (de cualquier disciplina) si no es en la asistencia, forjación, explicación, cuestionamiento, definición y —a veces— la destrucción de esta relación vital con los objetos?
Hace unos meses leí Shaping Things, una especie de manifiesto en el que el autor —generalmente de ciencia ficción— Bruce Sterling presenta sus ideas referente a la historia tecno-social entre el ser humano y sus objetos desde la prehistoria hasta dentro de algunas décadas. De particular interés son los términos con los que Sterling introduce sus conceptos. Con una facilidad enviadiable el autor logra adentrarnos en su visión del mundo del hombre y sus cosas, nombrando cada relación, cada objeto y cada tiempo con términos tan entusiastas como adecuados. Sin mucho esfuerzo se hace posible al menos observar el mundo —o más bien observar los objetos que informan nuestro mundo y nuestras relaciones con ellos— en sus términos, en un contexto tecno-social. Sterling no vacila en demostrarnos no sólo cuánto dependemos de los objetos, sino cuán vital es esa relación para la sobrevivencia de nuestra especie.
El autor platica un poco acerca de nuestra relación con el conocimiento. Mientras que hasta ahora el conocimiento ha sido apreciado, valorado y admirado, nos encontramos en un punto de transición en el que estamos pasando de es importante saber a es importante saber buscar. El conocimiento de data —el tener información lista y a la mano en nuestros bancos de memoria cerebrales— eventualmente no será tan importante como saber conseguir esa data de manera inmediata por medio de la tecnología, una vez nos sea necesario. Nos movemos de una sociedad de conocedores a una sociedad de buscadores. Y es así que la información pasa a ser un objeto que se consume como nunca antes lo habíamos consumido.
Esta idea, me parece, informa perfectamente mi visión de la sabiduría. Sabiduría es un término que suele intercambiarse mucho con conocimiento, algo que encuentro alarmante aunque bastante común (y técnicamente correcto). Veo el conocimiento como la capacidad de retener información, mientras que la sabiduría la veo como la capacidad de aplicar ese conocimiento, establecer vínculos metafóricos o prácticos entre esa información y nuestras vidas, saber aplicar esa información a un problema de manera adecuada, productiva y relevante para nuestros fines. Entonces, esta nueva encarnación de la sociedad, en la que saber algo no es tan importante como saber buscarlo es —digamos— una sociedad más sabia.
Creo que las implicaciones de esto en la educación son motivo de celebración. Me imagino un futuro en el que le enseñamos a los niños no a embotellarse un montón de información, sino a desarrollar las destrezas necesarias para saber qué información buscar, cómo conseguirla y cómo aplicarla para solucionar un problema. Recuerdo que mi profesor de cálculo no se molestaba en obligarnos a sabernos x o y fórmula para los exámenes. “A mí no me molesta que consulten la fórmula,” decía, “lo que me importa es que la sepan aplicar. Ese es el examen.” Pero ese no es el consenso general de lo que debe ser la educación en nuestras escuelas. Aunque algunas materias requieren enseñarse de esa manera (como en la aritmética), hay otras en las que el embotellamiento de la información es la orden del día. Recuerdo que mis clases de historia no se concentraban en analizar datos históricos, sino en el mero conocimiento de fechas, nombres, lugares. Era más acerca del chisme que de aprender del chisme. Claro, hubo ensayos e informes orales que invitaban a la discusión y el análisis, pero a fin de cuentas el grueso de las notas lo dictaban los exámenes llenos de selección múltiple, blancos por llenar y el apareamiento acertado de distintos items en dos columnas. No sé si este método de enseñanza de embotellamiento es lo que entrenó mi cerebro a recordarse de estupideces que jamás me han servido de algo más allá de confundir a los demás, pero sospecho que algo habrán tenido que ver.
Al enfocar nuestros esfuerzos pedagógicos en una orientación de menos embotellamiento y más pensamiento crítico (porque para investigar, hay que ejercer el coco), presumo, estaremos educando personas mejor preparadas para enfrentar los problemas que la vida les pueda traer. Para bien o para mal, el objeto codiciado del futuro nos obligará a ser más ágiles, versátiles e inteligentes. Por ejemplo —y esto, desde un punto de vista muy pop— tomemos The Matrix. Obviando los viajes neo-cristoides, las obscuras referencias filosóficas y el entorpecedor número de veces que Keanu Reeves dice What?, podemos observar cómo los protagonistas se benefician de poder conseguir conocimiento al momento de necesitarla sin tener que pasar años memorizando y practicando para poder pilotear un helicóptero o emplear técnicas marciales en un combate de mano a mano. Ellos no tienen que saber cómo pilotear un helicóptero, ni molestarse con repasar esa información antes de una misión, sino hasta que se hace indispensable.
Igualmente, cabe mencionar cómo la disponibilidad de información no sustituye la experiencia. Luego de hartar su cerebro de artes marciales, Neo encuentra que el nunca haber aplicado ese conocimiento le pone en desventaja al enfrentarse con Morpheus en un dojo virtual. De todos modos, el haber obtenido toda la información cruda de decenas de artes marciales en varias horas resultó más efectivo para sus fines que el haber dedicado toda una vida al estudio exclusivo de dos o tres artes marciales.
Se me ocurre también que la usual retórica de que la sociedad se mueve en una dirección cada vez más superficial, menos consciente y sencillamente más bruta (véase Idiocracy, Carl’s Jr… Fuck You, I’m Eating!™), puede refutarse —en parte— si ponemos este ángulo en la ecuación. Quizás las personas en el futuro sean más brutas bajo nuestros estándares actuales, pero seguramente consigan vivir vidas más plenas, tranquilas y productivas que nosotros al concentrarse en la información que necesitan en el momento (y cómo conseguirla/aplicarla), y no en la información que quizás necesiten —puede que sí, puede que no— en algún futuro cercano o lejano.
Ya llevamos un buen tiempo moviéndonos en esta dirección. Dependiendo de cuán lejos quiera uno llevar la discusión, podría argumentarse que desde que se inventó el rollo de pergamino estamos encaminándonos a este futuro del conocimiento como objeto. Lo importante, creo yo, es ser conscientes de que será uno de esos factores determinantes que nos separarán de nuestros nietos (aquello por lo cual nos verán como viejos chochos y old fashioned): ellos no valorarán el conocimiento como nosotros hemos aprendido a valorarlo, porque su relación con la información será muy distinta. Y sería bonito —o, al menos, romántico— decir que es “lamentable” y que “no saben de lo que se pierden”, pero prefiero ser honesto y darle una entusiasta bienvenida a lo que espero sea un mundo nuevo y mucho, pero mucho mejor.