Archive for the ‘Reflexión’ Category

Esto es el diseño en nuestro país

viernes, agosto 15th, 2008

En un artículo de Primera Hora (en la sección para la cual solía trabajar hace unos años), el reportero Carlos Rubén Rivera hace eco perfecto de la escasez de cultura de diseño que sufrimos en nuestra isla. Encima de confundir arte y diseño como sinónimos, se atreve a sugerir que el diseño industrial “se ha venido desarrollando, principalmente en Italia, en los últimos años”. También describe la arquitectura como “un arte” que “procura construir espacios dignos de admiración”. Más allá de no tener la más remota idea de lo que es, en sí, el diseño, este reportero —y, me entristece decir, sus editores— ni siquiera parece hacer el ejercicio de investigar un tema antes de escribir acerca de él.

La nota corta pretende promocionar una exhibición de “arte utilitario” que —a juzgar por las imágenes mostradas en el artículo— se pasea entre “arte que es Arte” y “arte que es Artesanía”. Uno de los trabajos es una serie de cajitas de madera cuyo diseño no puede ser más non descript, pero que como el/la artista decidió pintarle unos retratos encima —retratos que me parecen excelentes, a simple vista— entonces por alguna razón se ha apropiado del “diseño” de estas cajas. Y entonces, como por osmosis, su obra de arte resulta que ahora es funcional. Qué fácil es convertir el arte en diseño, ¿no? Sólo hace falta pegarlo de una cosa que sirva para algo y voilà!

No sé si esta confusión entre arte y diseño es una que comparten los artistas partícipes de la exhibición en cuestión, pero no me sorprendería que lo hicieran. Y lo que es peor: no me sorprendería que se les deje sin corregir. A fin de cuentas, muy poca gente en este país se atreve a decirle a un artista que está equivocado, principalmente porque somos unos changos invertebrados, pero también porque dejamos que cosas con aire de high brow, como lo son el “Arte” y todo ese mecanismo de self-importance que suele asociarse con esa escena, nos intimiden.

Mientras el diseño se siga confundiendo con arte, mientras diseñadores gráficos se mercadeen como “artistas gráficos”, mientras le permitamos a los medios intercambiar “arte utilitario” con “diseño industrial” —cuando en realidad se habla de artesanía—, el diseño permanecerá reducido a un ejercicio estético, engañoso y de poca resonancia social, una herramienta más de venta, un recurso desperdiciado. Mientras una cajita genérica con algo pintado encima lleve la bandera de diseño (esa cosa que se originó en Italia, hace algunos añitos), el diseño seguirá reducido a pintura y capota.

Diseño gráfico ≠ Publicidad

sábado, mayo 31st, 2008

Hay algo terriblemente disfuncional con la idea de que el único fin viable para el diseño gráfico es la publicidad. Parece mentira, pero por alguna razón ese parece ser el consenso general en Puerto Rico. Se puede diseñar cualquier cosa, claro, pero no parece tomarse muy en serio a menos que sea producto de un esfuerzo de mercadeo, que mueva un producto o marca, que se pueda medir en números (sean moneda o de índole estadístico). Es como si diseñar cualquier cosa que no redunde en un pitch publicitario fuera más como jugar a diseñador que otra cosa. Trabajar en una agencia de mercadeo, publicidad o agencia creativa1 es “cosa seria”.

Y no es que no lo sea. Por supuesto: la publicidad, el branding y el mercadeo son ejercicios de diseño perfectamente válidos, respetables y encomiables. Sin embargo, estas actividades no resumen el valor ni el potencial del diseño gráfico. Por cierto, son ejecuciones de diseño cuya función se reduce a algo bastante elemental y —en mi opinión— entorpecedoramente repetitivo: vender algo. Y vender a mí me aburre.

El diseño gráfico es una herramienta de comunicación que trasciende las necesidades comerciales de una corporación. El diseño gráfico nos ayuda a navegar espacios, objetos y sistemas; nos permite representar ideas, visualizar conceptos. Es una herramienta que convierte lo abstracto en algo palpable, que abstrae del mundo real para facilitar nuestra comprensión e interacción con él. Educa, facilita e informa.

El ejercicio de diseñar, su ejecución, es una expresión de la inteligencia y la sensibilidad humana, y —como tal— sirve para algo más allá que convencernos de favorecer Colgate sobre Crest, no sólo porque los seres humanos servimos para algo más que vender, sino —más importante— porque servimos para algo más que comprar. Y es imprescindible comprender esta distinción a la hora de determinar el rol que el diseño2 debe tener en nuestra sociedad, porque el mismo no es acerca de qué puede hacer el diseñador, sino acerca de qué necesita el usuario que lo consume.3

Creo que este —el valor de mayor importancia para el diseño: lo que el mismo representa para el usuario— brilla por su ausencia en nuestra idiosincracia, nuestro diálogo popular; y pienso que en gran parte es por ello que pecamos de la ya mencionada falta de cultura de diseño en nuestro país. Combinamos esto con nuestra obsesión con el comercio y lo que obtenemos, entonces, es un excelente recurso terriblemente desperdiciado.4 Y, por supuesto, es de esperarse: encajonar lo que no conocemos, limitar su viabilidad y usabilidad a un contexto estrictamente comercial, es una reacción propia de una sociedad entorpecida por el comercio.

Si, como he discutido en este blog anteriormente, fuéramos a organizar un esfuerzo de concientización, educación y diálogo en Puerto Rico acerca del diseño, su éxito sería directamente proporcional a su efectividad para inyectar el valor funcional del diseño —la capacidad que tiene para mejorar nuestras vidas en distintos niveles que trascienden lo puramente estético y lo puramente comercial— en nuestro diálogo popular.

Pero, ¿será esta sociedad obsesionada con el comercio capaz de redescubrir el valor del diseño fuera de ese contexto comercial? A mí me gusta pensar que sí.

Notas al calce

1 Muchas veces un popular eufemismo para “agencia de publicidad con ínfulas artsy fartsy”.

2 Y aquí hablo del diseño en todas sus disciplinas.

3 Aquí utilizo el verbo consumir, pero el mismo no debe confundirse con el concepto de comprar. Me refiero a la acción de consumir, incluyendo el consumo comercial así como el no comercial.

4 And make no mistake about it: el diseño es un recurso natural del ser humano. Más que eso, es un recurso renovable y perfectamente sustentable. Talk about win-win.

El elitismo y la curadoría cultural

jueves, mayo 29th, 2008

Ayer martes Manuel Clavell Carasquillo publicó un comentario corto en respuesta a una columna que publicara Mayra Santos Febres en la edición del domingo pasado de El Nuevo Día, y si bien de manera tangencial también relacionado a esta entrada en el blog de Félix de Azúa. En resumidas cuentas, Clavell Carrasquillo demuestra un repudio inconfundible por el elitismo cultural que pretende dictar quiénes somos según la obra que consumimos. En palabras más sencillas, creo que el punto es que te puedes meter tu reverse chronological snobbery por donde más incomodidad te produzca.

Estoy de acuerdo con la mayoría de lo que dice Manuel. Si bien el arte nos puede ayudar a crecer como individuos, también lo pueden hacer un sinnúmero de experiencias humanas carentes de valor artístico alguno. Las artes componen una galaxia dentro de un universo de vías hacia ese fin, y elegir las artes para ello no nos hace mejores o más completos seres humanos.

Manuel también expresa que en su opinión la literatura dura ha muerto. También comparto esta opinión en la medida en que “literatura dura” se refiera al trabajo literario (e incluyo las artes plásticas y la música en “trabajo literario”) que sufre de ser catalogado por críticos, connoisseurs y demás curadores culturales como vacas sagradas e intocables que simplemente debemos consumir (claro está: si es que uno quiere sentirse como que cuenta).

En años recientes, se ha discutido bastante (en blogs, revistas, simposios y demás aparatos de diálogo) acerca de la muerte de la industria musical como la conocemos.1 Las disqueras multinacionales se tropiezan consigo mismas al resistirse y adaptarse —así, de un solo cantazo— a los cambios impuestos por un mercado obsesionado (pérate, no… una sociedad embelesada) por la internet y todo su potencial. Yo estoy convencido que el sello disquero de estos tiempo brillará por su función curatorial (función que muchas disqueras pequeñas han cumplido durante años, pero nunca antes de manera tan prolífera, abierta y mainstream como ahora). La internet está ayudando a marcar la separación de las funciones de distribución y curación, resultando en excelentes beneficios para el consumidor: (a) mecanismos de distribución más cómodos, adecuados y eficientes para (b) agentes curatoriales más especializados.2

Podrían confundirse fácilmente estos dos agentes de curadoría cultural, pero creo que la diferencia que los separa —lo que le quita el poder de convocatoria al primero y se lo entrega a ciegas al segundo— es el renovado sentido de comunidad provisto por la internet.

Mientras que el primero se sienta cómodo a decirle al individuo que —haga lo que haga— debe suscribirse al consenso general para validar sus gustos o intereses artísticos, el segundo se pone los zapatos del individuo y prepara una lista de sugerencias basadas en los gustos compartidos por otros individuos interesados en obras similares. Mientras que el primero pretende que tú te ajustes a una norma, el segundo se ajusta a ti, te da opciones y acepta tus gustos por lo que son: tuyos y de nadie más. El primero habla en términos absolutos; el segundo, en términos relativos.

En una sociedad que recién redescubre el mundo por medio de una tecnología facilitadora de comunicación y conectividad como lo es la internet, la arrogancia que cunde el discurso del curador elitista al que Manuel rechaza se ha convertido en aquello que lo enajena del mismo público al que pretende educar y reprochar de un mismo soplo. Y mientras que esto implica mayor tolerancia por gustos irreparablemente terribles (léase: los Coelho, los Evanescence, y los Bob Ross del mundo), creo que, precisamente por el enfoque en nuestros propios gustos y los de aquellos como nosotros,3 ya no debe alarmarnos tanto (si quiera importarnos) la obra que consuma nuestro oh-tan-insoportablemente-ignorante prójimo. Como dice Manuel,

En cualquier caso, no les corresponde a los letrados definir para qué sirve o deja de servir el arte y la literatura que consumo; tampoco a los incultos. Ello me corresponde a mí únicamente. Me corresponde gozar lo que leo, más el proceso de escoger lo que leo, a mí y a más nadie.

O, como intentó enseñarnos un gran puertorriqueño hace mucho tiempo atrás:

Soy cafre, ¿y qué?

Notas al calce

1 “Industria musical” se refiere, en este caso, a la producción, distribución y venta de grabaciones musicales, y no necesariamente (o, al menos, no tan directamente) al performance de la música en directo.

2 Por supuesto, no sin un intercambio juguetón de funciones: eMusic no vacila en editar el contenido que distribuye, de manera que distintos gustos se vean atendidos por un agente que conoce, degusta y recomienda. Igualmente, una disquera X elige distribuir su catálogo (entero, o en parte) por eMusic, tomando así una decisión de distribución basada en las propiedades curatoriales de la tienda virtual.

3 Entiéndase: los gustos de nuestros “vecinos”, término cuyo uso en comunidades virtuales de interés cultural —como Last.FM y otros— implica un acercamiento cultural que trasciende la distancia geográfica.

Arte, dinero… ¿Engaño?

miércoles, abril 23rd, 2008

Recientemente, Ezequiel Rodríguez Andino escribió un comentario corto en el blog de Frecuencias Alternas acerca de una nueva colaboración entre Brian Eno y David Byrne. Menciona que, con la reciente tendencia de bandas fenecidas a reunirse luego de varias décadas y hacer todo un espectáculo de ello, le preocupa que esta colaboración (una que envuelve a dos vacas sagradas que imponen muchísimo respeto particularmente en círculos de conocedores de música) redunde en sólo otra reunión más motivada exclusivamente por la ganancia que suele implicar el revivir un proyecto/banda/colaboración que tuvo mucho éxito en el pasado (o cuyo estatus de clásico de culto ha llevado su memoria a algo más grande que la suma de sus partes).

En particular, Ezequiel habla de su preocupación con las motivaciones detrás de las reuniones, expresando que la motivación exclusivamente económica es deplorable para él. Para mí también lo es, o lo ha sido hasta ahora, que su nota —especialmente el intercambio que se dio en los comentarios— me ha hecho pensar más en el asunto, y cuestionar mi propia manera de ver todo este asunto.

¿Es acaso tan malo hacer arte por dinero? Mientras más lo pienso, más comemierda y tonta me parece la idea (que yo mismo he adoptado durante años, aclaro) de que si existe alguna motivación económica detrás de la creación de una obra de arte, la misma no es digna, carece de integridad artística, no es válida o es de alguna otra manera una criatura baja e inmunda. O, como mínimo, menos merecedor de mi respeto o admiración. O sea, es arte, sí… pero no es Arte. Es una idea medio pendeja con ropa de elitista, pero que sigue siendo pendeja.

Citaré al mismo Eno, quien en una conferencia (creo que un TED, pero no recuerdo) dijo algo a modo de “el verdadero arte está en la experiencia, y no en la obra”. La obra no importa, entonces, tanto como la experiencia que el espectador —ese individuo, con su bagaje, su educación, su perpectiva, sus valores, su política, sus convicciones y prejuicios, y todo lo demás que comprende a esa persona— registra al consumir la obra.1

Si la obra no es protagónica, entonces ¿de qué nos sirve saber su motivación? Bueno, hay mucho que abogar a favor del contexto, y dependiendo de a quién se le pregunte, uno ha de toparse con quienes digan que el contexto lo es todo, que ahí llace el verdadero significado de cualquier obra de arte.2 Entonces, cabría argumentar que la motivación detrás de una obra provee contexto —ya que, convenientemente, cualquier información acerca de cualquier cosa provee contexto acerca de esa cosa. Supongo entonces que la pregunta es: ¿por qué nos debe importar? O, en términos menos absolutos, ¿por qué nos debe importar tanto?

Tenemos una relación de amor y odio con el dinero. A todos nos encanta gastarlo, pero por alguna razón tomamos el deseo de obtenerlo como un mal imperdonable, particularmente en lo que refiere a los artistas. Y aclaro: no es que estemos en contra de que nuestros artistas ganen dinero, es que nos incomoda que hagan lo que hacen por dinero, lo cual es muy distinto. Nos gusta que nuestros artistas se mantengan bien peace & love, y que acepten el dinero sólo como un mal necesario para sobrevivir. Por alguna razón, el dinero —ironically enough— abarata las intenciones —y, por asociación, la obra— de un artista, y ya no es genuino.

En mi opinión, se me ocurre que —en particular aquellos de nosotros fanáticos empedernidos de la música, las artes plásticas, etc.— creamos un enlace muy personal con el arte que consumimos. Nos sentimos en parte como que esa obra nos habla a nosotros personalmente, que es un ente que piensa y que nos conoce. Entonces, queremos que la experiencia de crear la obra sea tan sexy sensual para el artista como lo es para nosotros el consumirla. Porque, de otro modo, nos sentiríamos usados, cual colegiala que le soltó el canto a un tipo que le susurró cosas lindas al oído y al final sólo quería meter mano.

Le pregunto a los tres gatos que leen este blog: ¿Creen que el deseo del dinero como parte de la motivación detrás de una obra sea algo engañoso, poco genuino o de alguna otra manera negativo para nuestra evaluación de dicha obra? Si la respuesta es que sí, ¿por qué?

Notas al calce

1 Y digo consumir en todo el sentido práctico de la palabra, incluyendo el sentido que comprende la actividad consumista de adquirir un bien o servicio a través de un intercambio de moneda u otros bienes y servicios, dentro de un mercado.

2 Posmos unidos, jamás serán vencidos. Aunque sí re-contextualizados.

Redefinición: AGARZOLA

sábado, abril 5th, 2008

Recientemente he estado pensando mucho en qué es exactamente lo que yo hago, y cómo eso se relaciona con quién yo soy. Eso se lee alarmantemente existencialista, pero haré todo lo posible por no irme en un viaje muy insoportable.

En particular, me siento como que la mayoría del poco material que tengo digno de portfolio es muy viejo para entusiasmarme, y el chispito que resta son piezas que 1 He trabajado en conjunto con alguien más; o 2 Por las razones que sean no las veo como representativas del trabajo que me interesa hacer. La primera condición no me preocupa mucho. La colaboración me parece muy saludable y creo que se presta para trabajos buenísimos. Sin embargo, encuentro que mi colaboración sirvió más para lograr realizar (y realzar) la visión del otro diseñador (y a mucha honra), y por ende no encuentro que sea un ejemplo digno de mi trabajo como diseñador.

La segunda condición, por otra parte, es la más molestosa. Tengo piezas que he diseñado recientemente y que han quedado muy, pero muy bien. Desde el concepto inicial, hasta la ejecución final de la imprenta, todo refleja una atención y cuidado excepcional. Pero me rejode que, por más cariño que les puse y más orgulloso que me sienta de lo logrado, no representan para nada el tipo de trabajo que quiero hacer. Trabajé en esos proyectos porque eran lo que había, y aunque no me quejo de ellos, sí tengo que admitir que —dada la opción de haber trabajado en ellos o uno del sinnúmero de medios que realmente me interesan— hubiera preferido trabajar en otra cosa. Es decir: quedaron bien, sí —pero no me importan. Y como no me interesa salir a buscar ese tipo de proyectos, pues no me interesa ponerlos en mi portfolio.

Ahora que estoy trabajando en un estudio de diseño, tengo la inquietud de rediseñar mi portfolio online por enésima vez para presentar algo que sea representativo no de lo que “puedo hacer” (entiéndase: regardless of whether or not I like it), sino de lo que “quiero hacer” (entiéndase: regardless of whether or not I get paid for it). Quiero diseñar libros (por dentro y por fuera), afiches y discos de música. Quiero diseñar piezas experimentales de comunicación y diseño de información. Quiero diseñar cosas que me importan.1 Y quiero diseñarlo todo por mí y porque sí.

Entonces, ¿con qué material diseñar un portfolio nuevo, si no tengo qué demostrar? Trabajo viejo tengo, sí, pero ya yo estoy harto de mirarlo, y sospecho que las par de personas que conocen mi trabajo están hartas también. El trabajo que hago en el estudio en el que trabajo me parece muy bien, pero es el tipo de trabajo comercial con el cual prefiero tener una relación limitada a lunes a viernes, 9:30 a.m. – 6:30 p.m. Seguramente algún proyecto del estudio eventualmente apelará a estos intereses personales, y no me cabe duda de que el trabajo que hacemos allí me está ayudando a pulir muchísimas destrezas que emplearé luego en mi carrera. But the fact remains: es trabajo súper comercial y, aunque bonito y de buen gusto, no me parece terriblemente interesante.

Ahora que al fin he terminado con prácticamente todos los proyectos comerciales de mi práctica independiente (sólo resta cerrar un último proyecto), tengo la misión de dedicarme a consegiur proyectos que me interesen en medios que me apasionen. Desde ahora en adelante, y hasta nuevo aviso, mis prioridades de diseño personal (entiéndase: el trabajo que hago por mi cuenta, independientemente del estudio en el que laboro día a día) son las siguientes:

  • Diseñaré una página sencilla en la que mi portfolio comenzará desde cero.
  • No incluiré trabajos anteriores hasta sentirme satisfecho con el trabajo corriente, para así no recostarme de “victorias pasadas”. Esto quiere decir que todo lo que he trabajado antes de la fecha de hoy no tendrá lugar en este nuevo portfolio online, hasta algún futuro lejano en el que el trabajo creado desde ahora en adelante sea sustancioso y satisfactorio, y añadir una pequeña muestra de trabajos viejos (pre-hoy) añada valor meramente hitórico, como un aparte pequeño al portofolio.
  • Iniciaré (y auto financiaré) proyectos míos que he tenido en el “back burner” desde hace algún tiempo, y no esperaré a que se asome algún proyecto comisionado por un tercero para entonces explotar estas ideas.
  • Intentaré diseñar cosas para ser usadas por (o que interactúen con) otras personas. Piezas que simplemente se producen, se publican en un portfolio y se archivan, para jamás ser vistas ni utilizadas por más nadie me parecen un ejercicio que redunda en encerrona creativa. Y para encerrarse, es mejor ser artista.
  • Haré mejor uso de mis libretas. En los últimos meses he cogido un relajito de andar usando mis sketchbooks para apuntar porquerías. No es que eso esté tan mal, pero debo hacer un esfuerzo consciente por darles el uso que merecen, y por el cual las compro: para dibujar, plasmar ideas y coleccionar cosas, frases y diseños que me interesan guardar para la posteridad. El número de teléfono de fulano y las medidas del mueble que el pana quiere comprar pertenecen en cualquier otro artefacto que no sea mi libreta. Y punto.
  • Por el aquello de obligarme a dibujar más y usar mis manos para plasmar ideas en vez de querer hacerlo todo sentado frente a una máquina, crearé un espacio de “sketches” en el que publicaré imágenes extraídas de mis libretas. “Doodles”, “layouts”, letras y otras ideas que se vean interesantes y que puedan ser relevantes para aquellos que visiten mi portfolio buscando conocer mi trabajo.


Y con esto, doy inicio a mi nuevo portfolio, uno que pasa de ser un retrato estático, frío y aburrido de mis proyectos, a ser un proyecto de diseño en sí con funciones que trascienden la mera muestra de mi trabajo. Un proyecto tan dinámico, y vivo y orgánico como los trabajos en los que pretendo embarcar de ahora en adelante. Un vehículo de razones para crear cosas mías y desarrollarme en la direcciones que me interesan. Esto es mi Portfolio.

AGARZOLACERO
Notas al calce

1 Quiero diseñar letras también, aunque eso es una disciplina que ocupará años de mi tiempo libre y no será hasta dentro de algunos años que tendré algo listo para publicación formal. Y con eso no tengo problema alguno.

Objetos, humanos,
relaciones tecno-sociales
y el objeto del futuro

miércoles, marzo 26th, 2008

Las relaciones forjadas entre los seres humanos y los objetos con los que damos forma y medio al mundo que nos rodea —para convertirlo en el mundo que queremos que nos rodee— resulta un tema fascinante para mí. A fin de cuentas, ¿en qué se basa el trabajo de un diseñador (de cualquier disciplina) si no es en la asistencia, forjación, explicación, cuestionamiento, definición y —a veces— la destrucción de esta relación vital con los objetos?

Hace unos meses leí Shaping Things, una especie de manifiesto en el que el autor —generalmente de ciencia ficción— Bruce Sterling presenta sus ideas referente a la historia tecno-social entre el ser humano y sus objetos desde la prehistoria hasta dentro de algunas décadas. De particular interés son los términos con los que Sterling introduce sus conceptos. Con una facilidad enviadiable el autor logra adentrarnos en su visión del mundo del hombre y sus cosas, nombrando cada relación, cada objeto y cada tiempo con términos tan entusiastas como adecuados. Sin mucho esfuerzo se hace posible al menos observar el mundo —o más bien observar los objetos que informan nuestro mundo y nuestras relaciones con ellos— en sus términos, en un contexto tecno-social. Sterling no vacila en demostrarnos no sólo cuánto dependemos de los objetos, sino cuán vital es esa relación para la sobrevivencia de nuestra especie.

El autor platica un poco acerca de nuestra relación con el conocimiento. Mientras que hasta ahora el conocimiento ha sido apreciado, valorado y admirado, nos encontramos en un punto de transición en el que estamos pasando de es importante saber a es importante saber buscar. El conocimiento de data —el tener información lista y a la mano en nuestros bancos de memoria cerebrales— eventualmente no será tan importante como saber conseguir esa data de manera inmediata por medio de la tecnología,1 una vez nos sea necesario. Nos movemos de una sociedad de conocedores a una sociedad de buscadores. Y es así que la información pasa a ser un objeto que se consume como nunca antes lo habíamos consumido.

Esta idea, me parece, informa perfectamente mi visión de la sabiduría. Sabiduría es un término que suele intercambiarse mucho con conocimiento, algo que encuentro alarmante aunque bastante común (y técnicamente correcto2). Veo el conocimiento como la capacidad de retener información, mientras que la sabiduría la veo como la capacidad de aplicar ese conocimiento, establecer vínculos metafóricos o prácticos entre esa información y nuestras vidas, saber aplicar esa información a un problema de manera adecuada, productiva y relevante para nuestros fines. Entonces, esta nueva encarnación de la sociedad, en la que saber algo no es tan importante como saber buscarlo es —digamos— una sociedad más sabia.

Creo que las implicaciones de esto en la educación son motivo de celebración. Me imagino un futuro en el que le enseñamos a los niños no a embotellarse un montón de información, sino a desarrollar las destrezas necesarias para saber qué información buscar, cómo conseguirla y cómo aplicarla para solucionar un problema. Recuerdo que mi profesor de cálculo no se molestaba en obligarnos a sabernos x o y fórmula para los exámenes. “A mí no me molesta que consulten la fórmula,” decía, “lo que me importa es que la sepan aplicar. Ese es el examen.” Pero ese no es el consenso general de lo que debe ser la educación en nuestras escuelas. Aunque algunas materias requieren enseñarse de esa manera (como en la aritmética), hay otras en las que el embotellamiento de la información es la orden del día.3 Recuerdo que mis clases de historia no se concentraban en analizar datos históricos, sino en el mero conocimiento de fechas, nombres, lugares. Era más acerca del chisme que de aprender del chisme. Claro, hubo ensayos e informes orales que invitaban a la discusión y el análisis, pero a fin de cuentas el grueso de las notas lo dictaban los exámenes llenos de selección múltiple, blancos por llenar y el apareamiento acertado de distintos items en dos columnas.4 No sé si este método de enseñanza de embotellamiento es lo que entrenó mi cerebro a recordarse de estupideces que jamás me han servido de algo más allá de confundir a los demás, pero sospecho que algo habrán tenido que ver.

Al enfocar nuestros esfuerzos pedagógicos en una orientación de menos embotellamiento y más pensamiento crítico (porque para investigar, hay que ejercer el coco), presumo, estaremos educando personas mejor preparadas para enfrentar los problemas que la vida les pueda traer. Para bien o para mal, el objeto codiciado del futuro nos obligará a ser más ágiles, versátiles e inteligentes. Por ejemplo —y esto, desde un punto de vista muy pop— tomemos The Matrix. Obviando los viajes neo-cristoides, las obscuras referencias filosóficas y el entorpecedor número de veces que Keanu Reeves dice What?, podemos observar cómo los protagonistas se benefician de poder conseguir conocimiento al momento de necesitarla sin tener que pasar años memorizando y practicando para poder pilotear un helicóptero o emplear técnicas marciales en un combate de mano a mano. Ellos no tienen que saber cómo pilotear un helicóptero, ni molestarse con repasar esa información antes de una misión, sino hasta que se hace indispensable.

Igualmente, cabe mencionar cómo la disponibilidad de información no sustituye la experiencia. Luego de hartar su cerebro de artes marciales, Neo encuentra que el nunca haber aplicado ese conocimiento le pone en desventaja al enfrentarse con Morpheus en un dojo virtual. De todos modos, el haber obtenido toda la información cruda de decenas de artes marciales en varias horas resultó más efectivo para sus fines que el haber dedicado toda una vida al estudio exclusivo de dos o tres artes marciales.

Se me ocurre también que la usual retórica de que la sociedad se mueve en una dirección cada vez más superficial, menos consciente y sencillamente más bruta (véase Idiocracy, Carl’s Jr… Fuck You, I’m Eating!™), puede refutarse —en parte— si ponemos este ángulo en la ecuación. Quizás las personas en el futuro sean más brutas bajo nuestros estándares actuales, pero seguramente consigan vivir vidas más plenas, tranquilas y productivas que nosotros al concentrarse en la información que necesitan en el momento (y cómo conseguirla/aplicarla), y no en la información que quizás necesiten —puede que sí, puede que no— en algún futuro cercano o lejano.

Ya llevamos un buen tiempo moviéndonos en esta dirección. Dependiendo de cuán lejos quiera uno llevar la discusión, podría argumentarse que desde que se inventó el rollo de pergamino estamos encaminándonos a este futuro del conocimiento como objeto. Lo importante, creo yo, es ser conscientes de que será uno de esos factores determinantes que nos separarán de nuestros nietos (aquello por lo cual nos verán como viejos chochos y old fashioned): ellos no valorarán el conocimiento como nosotros hemos aprendido a valorarlo, porque su relación con la información será muy distinta. Y sería bonito —o, al menos, romántico— decir que es “lamentable” y que “no saben de lo que se pierden”, pero prefiero ser honesto y darle una entusiasta bienvenida a lo que espero sea un mundo nuevo y mucho, pero mucho mejor.

Notas al calce

1 Como el libro, por ejemplo: una herramienta tecnológica que nos permite almacenar información para referencia futura. Siempre he admirado una biblioteca amplia en la casa/oficina de alguien. Hay quien puede ver esto como una señal de arrogancia, pero yo creo que no: ¿qué hay de arrogante en querer tener a la mano información de la cual no se presume saber todo de memoria? Una biblioteca, más que pretender demostrar conocimiento, delata las curiosidades de las personas, los temas que le interesan o interesaron en algún momento, y la capacidad para entender que no lo sabe (ni sabrá) todo. Eso, en mi tan chic barrio santurcino, se conoce como sabiduría, no arrogancia.

2 Me parece relevante hacer un comentario acerca de esto. Aunque la RAE define sabiduría como 1 grado más alto del conocimiento; 2 conducta prudente en la vida o en los negocios; y 3 conocimiento profundo en ciencias, letras o artes creo que muchas personas confunden el término sabiduría (cuando se trata de la definición no. 2) con conocimiento. Entiéndase: alguien que sabe mucho tiene sabiduría (otra vez, refiriéndose a la idea de la no. 2). El saber mucha información parece sustituir el saber qué hacer con esa información, y esto precisamente es lo que me preocupa.

3 Por supuesto, me refiero a mi experiencia particular, en mi escuela particular allá para los ochenta y noventa.

4 No recuerdo el nombre de este tipo de ejercicios, pero coño… ¡cómo los odiaba! UPDATE: Ya lo recuerdo, y es un nombre tan deprimente como predecible: pareo. Qué porquería.

Diseño en conversación:
La conversación como diseño

miércoles, diciembre 12th, 2007

En meses recientes he ido aprendiendo, poco a poco, a apreciar el valor de la discusión entre diseñadores. El discurso es algo a lo que suelo tratar con pinzas, pero la conversación –el intercambio genuino de experiencias positivas y negativas, de ideas buenas y malas, de opiniones prácticas y académicas, y de bromas y demás ritos de confraternización– me parece un ejercicio que redunda siempre en algo positivo para uno como individuo que practica el diseño.

Supongo que puede ser positivo para cualquier vocación, pero en la música –por ejemplo– nunca tuve una discusión particularmente enriquecedora para el proceso creativo musical. Igualmente (o, peor aún) con la fotografía, en donde al parecer el celo y la eterna búsqueda de aquello que llaman “edge” parece reinar en cualquier discusión entre profesionales, en mi limitada experiencia.

Recientemente participé del simposio de diseño de la escuela graduada de NC State, en Raleigh, North Carolina, (en donde actualmente estudia mi amigo y colega Alberto Rigau). El mismo fue titulado OptionShiftControl, apropiado nombre para un evento tratando el tema del control en los sistemas que diseñamos. Siendo este mi primer evento de diseño –fuera de algunos certámenes y un expo anual local que verdaderamente no tiene relevancia alguna con el diseño, a pesar de anunciarse como tal–, debo admitir que ahora me siento que debo atender algún evento como este al menos dos o tres veces al año. La experiencia no sólo fue enriquecedora, sino divertida y refrescante. Salir de esta gran escena del diseño en Puerto Rico no tiene precio, y ayuda a preservar el poquito de cordura que hace falta para mantenerse funcional dentro de un mercado que aplaude y a veces glorifica la mediocridad.

Más allá de las numerosas charlas y talleres ofrecidos por el estudiantado graduado de la escuela, las conversaciones de las que formé parte como algo satélite, o colateral, al evento de diseño en sí no tienen precio. Conversé con diseñadores como yo, aún con carreras muy jóvenes, con otros de más experiencia, pero que nunca han corrido estudios pequeños propios (que siempre han trabajado como creativos en corporaciones medianas o grandes), y con otros cuyas experiencias, sabiduría y trayectorias les preceden.

En particular, tuve la oportunidad de conocer y conversar a fondo con el Sr. John Bielenberg, fundador de la firma de diseño C2, con sedes en San Francisco, CA y la ciudad de Belfast, en el estado de Maine. Más interesante aún es su inspiración en el proyecto Rural Studio1 para crear Project M,2 un taller anual en el que reune a selectos candidatos (generalmente estudiantes, y no siempre diseñadores) para visitar alguna ciudad cuyos problemas sociales sean inevitables, y allí enrollarse las mangas, disectar el problema y buscar soluciones (o, al menos, mejoras) empleando sus conocimientos en sus respectivas disciplinas, y quizás fuera de ellas (todo dentro del muy limitado marco de un mes de taller).

Durante nuestras conversaciones (en las que participaron Alberto Rigau, su hermano Armando, y su compañero de maestría Matt Muñoz, entre otras personas), pude apreciar que Bielenberg no busca glorificar su proyecto, ni pulir sus intenciones para que se vean como un esfuerzo fríamente calculado que parte de alguna sabiduría divina. Todo lo contrario: tanto en conversaciones íntimas como en charlas formales, John presenta su proyecto con sus berrugas, inconsistencias y fracasos. Y sus intenciones son tan puras como imperfectas: explica que Project M es una exploración de diseño para él también, y que muchas veces los estudiantes miran hacia él en busca de alguna dirección, o alguna idea, y él sólo les puede ofrecer la misma cara de perdido con la que ellos le buscan en primer lugar.3

A todas estas, el simposio como tal tenía como tema el espectro de control (el control absoluto de un diseño sobre la manera en que sus usuarios han de desenvolverse dentro el mismo vs. el control absoluto de un usuario para no sólo manipular el sistema diseñado, sino inclusive ignorarlo completamente, o en partes; y todo lo que caería entre medio de estos dos extremos). El éxito del evento, creo yo, se debió a que contó con un balance comedido entre charlas formales y talleres más pequeños en los cuales se tocó este tema en varios planos, desde unos muy prácticos y palpables, hasta otros considerablemente académicos y (a veces) muy por encima de mi capacidad cognoscitiva. Más allá que un grupo de eventos pequeños que bombardearan a uno como espectador, el simposio fue una gran conversación como en capítulos que involucró a uno como participante.

Entonces además de conversar acerca del diseño en este evento, se empleó la conversación como parte vital del diseño del simposio. Y esa, creo yo, ha sido una de las lecciones más valiosas que aprendí en OptionShiftControl: el valor de la conversación como herramienta de diseño, aún cuando conversamos acerca del diseño. Este conocimiento nada más hizo de mi viaje una inversión difíclmente cuantificable en mi vocación como diseñador, y por ello soy muy agradecido.

Notas al calce

1 Estudio de arquitectura en el que cada año participan estudiantes de primer y tercer año de arquitectura de la universidad de Auburn, en Alabama. Su intención es poner el conocimiento y método arquitectónico al servicio de las comunidades marginadas (es decir: indudablemente pobres) de Hale County y condados adyacentes. Originalmente fundado por el Arq. Samuel “Sambo” Mockbee, el mismo es dirigido actualmente por el Arq. Andrew Freear, quien da la casualidad dio una charla el lunes luego del simposio en el mismo NC State. La misma fue impresionante nada más que por el volumen ridículo de proyectos realizados por Rural Studio. Son tantos, y tan buenos. Y, al igual que con Project M, los mismos no pretenden dar cátedra de humildad. Aunque la intención principal es ayudar a estas comunidades, la realidad es que muchos de los proyectos redundan en unas pajas mentales increíbles y preciosas, pero que bien pudieron hacer mejor uso de los recursos para algo más funcional. Freear hizo una presentación muy amena y accesible, y que sirvió como un showcase muy sincero del trabajo que se intenta hacer en Rural Studio, así como lo que al final se logra hacer en él.

2 Además del sitio web oficial, pueden aprender un poco más leyendo este interesantísimo relato de uno de los participantes este año, publicado recientemente en Speak Up.

3 Quizás en un artículo futuro me siente a comentar acerca del difícil desempeño del diseño gráfico como herramienta social. En particular, lo fácil que es caer en el emblemático renglón de la educación acerca de los problemas y cómo solucionarlos, y cómo creo que hace falta también prestar atención a cómo puede el diseño gráfico ayudar más allá de concientizar, interviniendo directamente con el problema y las personas que lo padecen. ¿Cómo? Pues ya lo dije: es tema para otra intervención.

Interrumpimos este 
programa:

martes, diciembre 11th, 2007

Tan inesperadamente como suelen suceder estas cosas, recientemente se ha concretado una oferta bastante seria (y bastante atractiva) por parte de una diseñadora puertorriqueña cuyo estudio está por llevar al “próximo nivel”; entiéndase: invertir un montón de dinero en taller, equipo y talento para así crecer y pasar de estudio de diseño a firma de diseño. La diferencia es más que semántica, por supuesto. Se puede trabajar en mayor cantidad de proyectos, justificar presupuestos más generosos (lo que, a su vez no garantiza –pero si promueve– proyectos más elaborados y experimentales), y colaborar con un grupo de creativos que traen algo muy distinto a lo que una sola persona puede dar.

El punto es que todo esto me ha servido de espejo, por así decirlo. Me he visto a mí mismo, y me he visto asustado. Le tuve miedo a abandonar mi práctica y mis clientes. Le tuve miedo a no contar con la libertad que cuento como freelance. Le tuve miedo a varias cosas, y todavía tengo un poco de pudor. Pero luego de varios rodeos en mi cabeza, varias conversaciones con amigos y colegas más que nada, me doy cuenta de que mi verdadera preocupación es algo muchísimo más tonto, pero que es de esperarse: tengo frío olímpico. Sencillamente eso, miedo a cagar la oportunidad.

Ya la decisión está tomada. Dentro de poco comienzo una nueva etapa en mi vida profesional junto a una diseñadora gráfica cuyo trabajo es muy distinto al mío, y cuyo método parece ser algo completamente ajeno a mi experiencia previa. Como mínimo, será interesantísimo. Pero espero mucho más que eso. Espero tener la oportunidad de trabajar proyectos más significativos que los que he trabajado en mi práctica privada, y así crecer como profesional y como individuo que diseña.

Es mi intención, entonces, anunciar que este blog, además de lo que ya se tenía pensado, también fungirá como espacio de reflexión ante esta nueva etapa de mi carrera profesional y trayectoria personal. Espero publicar reflexiones y comentarios acerca del proceso creativo en un espacio colaborativo de diseño, así como las lecciones aprendidas en lo que comprende el manejo de clientes mayormente corporativos.

A su debido tiempo pondré un enlace al (aún inexistente) sitio web de la nueva firma, con nombres, apellidos, etc.