En meses recientes he ido aprendiendo, poco a poco, a apreciar el valor de la discusión entre diseñadores. El discurso es algo a lo que suelo tratar con pinzas, pero la conversación –el intercambio genuino de experiencias positivas y negativas, de ideas buenas y malas, de opiniones prácticas y académicas, y de bromas y demás ritos de confraternización– me parece un ejercicio que redunda siempre en algo positivo para uno como individuo que practica el diseño.
Supongo que puede ser positivo para cualquier vocación, pero en la música –por ejemplo– nunca tuve una discusión particularmente enriquecedora para el proceso creativo musical. Igualmente (o, peor aún) con la fotografía, en donde al parecer el celo y la eterna búsqueda de aquello que llaman “edge” parece reinar en cualquier discusión entre profesionales, en mi limitada experiencia.
Recientemente participé del simposio de diseño de la escuela graduada de NC State, en Raleigh, North Carolina, (en donde actualmente estudia mi amigo y colega Alberto Rigau). El mismo fue titulado OptionShiftControl, apropiado nombre para un evento tratando el tema del control en los sistemas que diseñamos. Siendo este mi primer evento de diseño –fuera de algunos certámenes y un expo anual local que verdaderamente no tiene relevancia alguna con el diseño, a pesar de anunciarse como tal–, debo admitir que ahora me siento que debo atender algún evento como este al menos dos o tres veces al año. La experiencia no sólo fue enriquecedora, sino divertida y refrescante. Salir de esta gran escena del diseño en Puerto Rico no tiene precio, y ayuda a preservar el poquito de cordura que hace falta para mantenerse funcional dentro de un mercado que aplaude y a veces glorifica la mediocridad.
Más allá de las numerosas charlas y talleres ofrecidos por el estudiantado graduado de la escuela, las conversaciones de las que formé parte como algo satélite, o colateral, al evento de diseño en sí no tienen precio. Conversé con diseñadores como yo, aún con carreras muy jóvenes, con otros de más experiencia, pero que nunca han corrido estudios pequeños propios (que siempre han trabajado como creativos en corporaciones medianas o grandes), y con otros cuyas experiencias, sabiduría y trayectorias les preceden.
En particular, tuve la oportunidad de conocer y conversar a fondo con el Sr. John Bielenberg, fundador de la firma de diseño C2, con sedes en San Francisco, CA y la ciudad de Belfast, en el estado de Maine. Más interesante aún es su inspiración en el proyecto Rural Studio para crear Project M, un taller anual en el que reune a selectos candidatos (generalmente estudiantes, y no siempre diseñadores) para visitar alguna ciudad cuyos problemas sociales sean inevitables, y allí enrollarse las mangas, disectar el problema y buscar soluciones (o, al menos, mejoras) empleando sus conocimientos en sus respectivas disciplinas, y quizás fuera de ellas (todo dentro del muy limitado marco de un mes de taller).
Durante nuestras conversaciones (en las que participaron Alberto Rigau, su hermano Armando, y su compañero de maestría Matt Muñoz, entre otras personas), pude apreciar que Bielenberg no busca glorificar su proyecto, ni pulir sus intenciones para que se vean como un esfuerzo fríamente calculado que parte de alguna sabiduría divina. Todo lo contrario: tanto en conversaciones íntimas como en charlas formales, John presenta su proyecto con sus berrugas, inconsistencias y fracasos. Y sus intenciones son tan puras como imperfectas: explica que Project M es una exploración de diseño para él también, y que muchas veces los estudiantes miran hacia él en busca de alguna dirección, o alguna idea, y él sólo les puede ofrecer la misma cara de perdido con la que ellos le buscan en primer lugar.
A todas estas, el simposio como tal tenía como tema el espectro de control (el control absoluto de un diseño sobre la manera en que sus usuarios han de desenvolverse dentro el mismo vs. el control absoluto de un usuario para no sólo manipular el sistema diseñado, sino inclusive ignorarlo completamente, o en partes; y todo lo que caería entre medio de estos dos extremos). El éxito del evento, creo yo, se debió a que contó con un balance comedido entre charlas formales y talleres más pequeños en los cuales se tocó este tema en varios planos, desde unos muy prácticos y palpables, hasta otros considerablemente académicos y (a veces) muy por encima de mi capacidad cognoscitiva. Más allá que un grupo de eventos pequeños que bombardearan a uno como espectador, el simposio fue una gran conversación como en capítulos que involucró a uno como participante.
Entonces además de conversar acerca del diseño en este evento, se empleó la conversación como parte vital del diseño del simposio. Y esa, creo yo, ha sido una de las lecciones más valiosas que aprendí en OptionShiftControl: el valor de la conversación como herramienta de diseño, aún cuando conversamos acerca del diseño. Este conocimiento nada más hizo de mi viaje una inversión difíclmente cuantificable en mi vocación como diseñador, y por ello soy muy agradecido.