On design & culture.

Archive for the ‘Architecture’ Category

A Soft Bow in Praise of Shadows

Tuesday, July 21st, 2009

From In Praise of Shadows, by Jun’ichirō Tanizaki. Pg. 11, 3rd paragraph

There is no denying, at any rate, that among the elements of the elegance in which we take such delight is a measure of the unclean, the unsanitary. I suppose I shall sound terribly defensive if I say that Westerners attempt to expose every speck of grime and eradicate it, while we Orientals carefully preserve and even idealize it. Yet for better or for worse we do love things that bear the marks of grime, soot, and weather, and we love the colors and the sheen that call to mind the past that made them. Living in these old houses among these old objects is in some mysterious way a source of peace and repose.

Some time last year, I read a short essay on Japanese aesthetic sensibility written by Jun’ichirō Tanizaki, titled In Praise of Shadows.1 It is a savory read that elegantly and carefully balances reflection and explanation. It exposes an Asian —particularly Japanese— sensibility for beauty from a decidedly nostalgic (yet somehow not overly preachy) perspective. I must, like my friend Alberto, recommend it to my friends and colleagues in creative fields, but I do encourage anybody even remotely interested in aesthetics, design, Asian cultures or beauty to find a copy and devour it.

One thing that took me by surprise was how many of the things that the writer describes as being so intrinsically Oriental, or even Japanese, struck me as terribly familiar. Somewhere between the loving descriptions of dark corners, old pottery, wooden floors and moderate lighting, I was taken back over two decades to a time when, if I was lucky, the floor would creak under my feet, the shadows were rich and textured, the walls were exhaustingly full of family photos, and everything —absolutely everything— had a history that made it. It was an old house full of old things that, in some mysterious way, was a place of peace, of repose.

I grew up in a small ward near where Santurce meets OId San Juan in the island of Puerto Rico, Miramar. It is a beautiful, historical zone that owes its ever-tranquil serenity to narrow streets, remnants of turn-of-the-century architecture and a decidedly small-town feel conducive to long walks, while elsewhere in the city everyone prefers to drive. Near the apartment building I grew up in, just off 656 Miramar Ave., there was a big wood house under an overwhelmingly thick canopy of greenery that turned the harshest daylight into a dim glow casting soft shadows, and made any time of day feel like dusk. I was young, too little to now remember with any sense of certainty, but I seem to remember that the wood was so dark as to appear almost black; no doubt an effect brough upon by the rich shadows of the huge, old trees surrounding the house.

That house was always cool to the touch, always dimly lit and always full of creaks and ruffling and shuffling. Everything in it looked used and dignified, as if the years of wear and tear gave them their value. And I suppose that, in a time when the world was already well on its way towards adopting a lifestyle of disposability, the years of wear and tear did, in fact, give these objects a stoic character that was quickly becoming rare. In a word, the house and everything in it, was rich. I remember this house with a loving warmth, and —out of the so very few things I regret in life— never visiting that house as an adult before it was torn down must be in the top three things I could never forgive myself for.

I wasn’t related to the old lady that lived there. Nevertheless, she was a welcoming neighbor and I was a nosy kid, and so I spent many an afternoon inside and around the old house, with my eternally gracious hostess and sometimes her children, grandchildren and great grandchildren. And no matter how many people were in the house at any one time, it always seemed —if not quiet— serene; like the weight of the old air, the old sounds and the old things inside the old house somehow gave everything an old pause. A pause I have very rarely experienced in my adult life, and one I hope to find again eventually.

Footnotes:

1 It was, like so many things, a suggestion by the ever enthusiastic Alberto Rigau. Available on Amazon 

Diseño en conversación:
La conversación como diseño

Wednesday, December 12th, 2007

En meses recientes he ido aprendiendo, poco a poco, a apreciar el valor de la discusión entre diseñadores. El discurso es algo a lo que suelo tratar con pinzas, pero la conversación –el intercambio genuino de experiencias positivas y negativas, de ideas buenas y malas, de opiniones prácticas y académicas, y de bromas y demás ritos de confraternización– me parece un ejercicio que redunda siempre en algo positivo para uno como individuo que practica el diseño.

Supongo que puede ser positivo para cualquier vocación, pero en la música –por ejemplo– nunca tuve una discusión particularmente enriquecedora para el proceso creativo musical. Igualmente (o, peor aún) con la fotografía, en donde al parecer el celo y la eterna búsqueda de aquello que llaman “edge” parece reinar en cualquier discusión entre profesionales, en mi limitada experiencia.

Recientemente participé del simposio de diseño de la escuela graduada de NC State, en Raleigh, North Carolina, (en donde actualmente estudia mi amigo y colega Alberto Rigau). El mismo fue titulado OptionShiftControl, apropiado nombre para un evento tratando el tema del control en los sistemas que diseñamos. Siendo este mi primer evento de diseño –fuera de algunos certámenes y un expo anual local que verdaderamente no tiene relevancia alguna con el diseño, a pesar de anunciarse como tal–, debo admitir que ahora me siento que debo atender algún evento como este al menos dos o tres veces al año. La experiencia no sólo fue enriquecedora, sino divertida y refrescante. Salir de esta gran escena del diseño en Puerto Rico no tiene precio, y ayuda a preservar el poquito de cordura que hace falta para mantenerse funcional dentro de un mercado que aplaude y a veces glorifica la mediocridad.

Más allá de las numerosas charlas y talleres ofrecidos por el estudiantado graduado de la escuela, las conversaciones de las que formé parte como algo satélite, o colateral, al evento de diseño en sí no tienen precio. Conversé con diseñadores como yo, aún con carreras muy jóvenes, con otros de más experiencia, pero que nunca han corrido estudios pequeños propios (que siempre han trabajado como creativos en corporaciones medianas o grandes), y con otros cuyas experiencias, sabiduría y trayectorias les preceden.

En particular, tuve la oportunidad de conocer y conversar a fondo con el Sr. John Bielenberg, fundador de la firma de diseño C2, con sedes en San Francisco, CA y la ciudad de Belfast, en el estado de Maine. Más interesante aún es su inspiración en el proyecto Rural Studio1 para crear Project M,2 un taller anual en el que reune a selectos candidatos (generalmente estudiantes, y no siempre diseñadores) para visitar alguna ciudad cuyos problemas sociales sean inevitables, y allí enrollarse las mangas, disectar el problema y buscar soluciones (o, al menos, mejoras) empleando sus conocimientos en sus respectivas disciplinas, y quizás fuera de ellas (todo dentro del muy limitado marco de un mes de taller).

Durante nuestras conversaciones (en las que participaron Alberto Rigau, su hermano Armando, y su compañero de maestría Matt Muñoz, entre otras personas), pude apreciar que Bielenberg no busca glorificar su proyecto, ni pulir sus intenciones para que se vean como un esfuerzo fríamente calculado que parte de alguna sabiduría divina. Todo lo contrario: tanto en conversaciones íntimas como en charlas formales, John presenta su proyecto con sus berrugas, inconsistencias y fracasos. Y sus intenciones son tan puras como imperfectas: explica que Project M es una exploración de diseño para él también, y que muchas veces los estudiantes miran hacia él en busca de alguna dirección, o alguna idea, y él sólo les puede ofrecer la misma cara de perdido con la que ellos le buscan en primer lugar.3

A todas estas, el simposio como tal tenía como tema el espectro de control (el control absoluto de un diseño sobre la manera en que sus usuarios han de desenvolverse dentro el mismo vs. el control absoluto de un usuario para no sólo manipular el sistema diseñado, sino inclusive ignorarlo completamente, o en partes; y todo lo que caería entre medio de estos dos extremos). El éxito del evento, creo yo, se debió a que contó con un balance comedido entre charlas formales y talleres más pequeños en los cuales se tocó este tema en varios planos, desde unos muy prácticos y palpables, hasta otros considerablemente académicos y (a veces) muy por encima de mi capacidad cognoscitiva. Más allá que un grupo de eventos pequeños que bombardearan a uno como espectador, el simposio fue una gran conversación como en capítulos que involucró a uno como participante.

Entonces además de conversar acerca del diseño en este evento, se empleó la conversación como parte vital del diseño del simposio. Y esa, creo yo, ha sido una de las lecciones más valiosas que aprendí en OptionShiftControl: el valor de la conversación como herramienta de diseño, aún cuando conversamos acerca del diseño. Este conocimiento nada más hizo de mi viaje una inversión difíclmente cuantificable en mi vocación como diseñador, y por ello soy muy agradecido.

Footnotes:

1 Estudio de arquitectura en el que cada año participan estudiantes de primer y tercer año de arquitectura de la universidad de Auburn, en Alabama. Su intención es poner el conocimiento y método arquitectónico al servicio de las comunidades marginadas (es decir: indudablemente pobres) de Hale County y condados adyacentes. Originalmente fundado por el Arq. Samuel “Sambo” Mockbee, el mismo es dirigido actualmente por el Arq. Andrew Freear, quien da la casualidad dio una charla el lunes luego del simposio en el mismo NC State. La misma fue impresionante nada más que por el volumen ridículo de proyectos realizados por Rural Studio. Son tantos, y tan buenos. Y, al igual que con Project M, los mismos no pretenden dar cátedra de humildad. Aunque la intención principal es ayudar a estas comunidades, la realidad es que muchos de los proyectos redundan en unas pajas mentales increíbles y preciosas, pero que bien pudieron hacer mejor uso de los recursos para algo más funcional. Freear hizo una presentación muy amena y accesible, y que sirvió como un showcase muy sincero del trabajo que se intenta hacer en Rural Studio, así como lo que al final se logra hacer en él. 

2 Además del sitio web oficial, pueden aprender un poco más leyendo este interesantísimo relato de uno de los participantes este año, publicado recientemente en Speak Up

3 Quizás en un artículo futuro me siente a comentar acerca del difícil desempeño del diseño gráfico como herramienta social. En particular, lo fácil que es caer en el emblemático renglón de la educación acerca de los problemas y cómo solucionarlos, y cómo creo que hace falta también prestar atención a cómo puede el diseño gráfico ayudar más allá de concientizar, interviniendo directamente con el problema y las personas que lo padecen. ¿Cómo? Pues ya lo dije: es tema para otra intervención. 

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SUb is a product of the writing efforts and link curation of Alfonso Gómez Arzola, a graphic designer working out of Colo Springs, Colorado. Read more here. Follow Alfonso via Twitter now.

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