Archive for the ‘Cultura Popular’ Category

¿Por qué te suena? Porque es verdad…

martes, junio 10th, 2008

Desde hace ya unas semanas, un cierto anuncio de Toyota nos deleita con una historia enternecedora acompañada de una canción que, —a algunos— nos suena extrañamente familiar. Porque te vas siempre se me pareció a Superaquello (banda puertorriqueña a la cual pertenece nuestro siempre amigo y a veces colaborador Jorge Castro), pero la canción no aparece en ninguno de sus discos, y luego de una investigación corta, resulta que la canción fue publicada por vez primera en el 1974 por la hipnótica cantante de origen inglés Jeanette. En casa, no le dimos más cráneo: nada tiene que ver con Superaquello, simplemente algunos elementos se parecen y ya (el timbre de voz y estilo al cantar de Patricia, el estilo sublime y juguetón de la composición).

Resulta que, según un mensaje enviado por Pablo Javier Santiago (integrante de la banda puertorriqueña) a miembros/fanáticos suscritos al grupo de la banda en Facebook, Porque te vas —además de ser una obvia influencia en la banda— fue objeto de una versión en forma de demo que publicara Superaquello durante el 1999 y que al parecer se regó por el internet entre sus seguidores. También hace mención de que algunos conciertos de la banda contaron con esa versión que imagino habrá sido favorita de muchos.

Aún no recuerdo si reconozco la canción porque se me parece tanto a una de mis bandas favoritas, o si realmente fui testigo de una de las muchas presentaciones que contaron con esta canción. Me sospecho que nunca lo sabré, pero no importa. Lo que sí importa es que Superaquello ha decidido publicar gratuitamente esta versión a modo de homenaje a Jeanette y Porque te vas. Les sugiero que bajen el MP3 de inmediato y se deleiten con esta joyita del repertorio de Superaquello.

Diseño gráfico ≠ Publicidad

sábado, mayo 31st, 2008

Hay algo terriblemente disfuncional con la idea de que el único fin viable para el diseño gráfico es la publicidad. Parece mentira, pero por alguna razón ese parece ser el consenso general en Puerto Rico. Se puede diseñar cualquier cosa, claro, pero no parece tomarse muy en serio a menos que sea producto de un esfuerzo de mercadeo, que mueva un producto o marca, que se pueda medir en números (sean moneda o de índole estadístico). Es como si diseñar cualquier cosa que no redunde en un pitch publicitario fuera más como jugar a diseñador que otra cosa. Trabajar en una agencia de mercadeo, publicidad o agencia creativa1 es “cosa seria”.

Y no es que no lo sea. Por supuesto: la publicidad, el branding y el mercadeo son ejercicios de diseño perfectamente válidos, respetables y encomiables. Sin embargo, estas actividades no resumen el valor ni el potencial del diseño gráfico. Por cierto, son ejecuciones de diseño cuya función se reduce a algo bastante elemental y —en mi opinión— entorpecedoramente repetitivo: vender algo. Y vender a mí me aburre.

El diseño gráfico es una herramienta de comunicación que trasciende las necesidades comerciales de una corporación. El diseño gráfico nos ayuda a navegar espacios, objetos y sistemas; nos permite representar ideas, visualizar conceptos. Es una herramienta que convierte lo abstracto en algo palpable, que abstrae del mundo real para facilitar nuestra comprensión e interacción con él. Educa, facilita e informa.

El ejercicio de diseñar, su ejecución, es una expresión de la inteligencia y la sensibilidad humana, y —como tal— sirve para algo más allá que convencernos de favorecer Colgate sobre Crest, no sólo porque los seres humanos servimos para algo más que vender, sino —más importante— porque servimos para algo más que comprar. Y es imprescindible comprender esta distinción a la hora de determinar el rol que el diseño2 debe tener en nuestra sociedad, porque el mismo no es acerca de qué puede hacer el diseñador, sino acerca de qué necesita el usuario que lo consume.3

Creo que este —el valor de mayor importancia para el diseño: lo que el mismo representa para el usuario— brilla por su ausencia en nuestra idiosincracia, nuestro diálogo popular; y pienso que en gran parte es por ello que pecamos de la ya mencionada falta de cultura de diseño en nuestro país. Combinamos esto con nuestra obsesión con el comercio y lo que obtenemos, entonces, es un excelente recurso terriblemente desperdiciado.4 Y, por supuesto, es de esperarse: encajonar lo que no conocemos, limitar su viabilidad y usabilidad a un contexto estrictamente comercial, es una reacción propia de una sociedad entorpecida por el comercio.

Si, como he discutido en este blog anteriormente, fuéramos a organizar un esfuerzo de concientización, educación y diálogo en Puerto Rico acerca del diseño, su éxito sería directamente proporcional a su efectividad para inyectar el valor funcional del diseño —la capacidad que tiene para mejorar nuestras vidas en distintos niveles que trascienden lo puramente estético y lo puramente comercial— en nuestro diálogo popular.

Pero, ¿será esta sociedad obsesionada con el comercio capaz de redescubrir el valor del diseño fuera de ese contexto comercial? A mí me gusta pensar que sí.

Notas al calce

1 Muchas veces un popular eufemismo para “agencia de publicidad con ínfulas artsy fartsy”.

2 Y aquí hablo del diseño en todas sus disciplinas.

3 Aquí utilizo el verbo consumir, pero el mismo no debe confundirse con el concepto de comprar. Me refiero a la acción de consumir, incluyendo el consumo comercial así como el no comercial.

4 And make no mistake about it: el diseño es un recurso natural del ser humano. Más que eso, es un recurso renovable y perfectamente sustentable. Talk about win-win.

El elitismo y la curadoría cultural

jueves, mayo 29th, 2008

Ayer martes Manuel Clavell Carasquillo publicó un comentario corto en respuesta a una columna que publicara Mayra Santos Febres en la edición del domingo pasado de El Nuevo Día, y si bien de manera tangencial también relacionado a esta entrada en el blog de Félix de Azúa. En resumidas cuentas, Clavell Carrasquillo demuestra un repudio inconfundible por el elitismo cultural que pretende dictar quiénes somos según la obra que consumimos. En palabras más sencillas, creo que el punto es que te puedes meter tu reverse chronological snobbery por donde más incomodidad te produzca.

Estoy de acuerdo con la mayoría de lo que dice Manuel. Si bien el arte nos puede ayudar a crecer como individuos, también lo pueden hacer un sinnúmero de experiencias humanas carentes de valor artístico alguno. Las artes componen una galaxia dentro de un universo de vías hacia ese fin, y elegir las artes para ello no nos hace mejores o más completos seres humanos.

Manuel también expresa que en su opinión la literatura dura ha muerto. También comparto esta opinión en la medida en que “literatura dura” se refiera al trabajo literario (e incluyo las artes plásticas y la música en “trabajo literario”) que sufre de ser catalogado por críticos, connoisseurs y demás curadores culturales como vacas sagradas e intocables que simplemente debemos consumir (claro está: si es que uno quiere sentirse como que cuenta).

En años recientes, se ha discutido bastante (en blogs, revistas, simposios y demás aparatos de diálogo) acerca de la muerte de la industria musical como la conocemos.1 Las disqueras multinacionales se tropiezan consigo mismas al resistirse y adaptarse —así, de un solo cantazo— a los cambios impuestos por un mercado obsesionado (pérate, no… una sociedad embelesada) por la internet y todo su potencial. Yo estoy convencido que el sello disquero de estos tiempo brillará por su función curatorial (función que muchas disqueras pequeñas han cumplido durante años, pero nunca antes de manera tan prolífera, abierta y mainstream como ahora). La internet está ayudando a marcar la separación de las funciones de distribución y curación, resultando en excelentes beneficios para el consumidor: (a) mecanismos de distribución más cómodos, adecuados y eficientes para (b) agentes curatoriales más especializados.2

Podrían confundirse fácilmente estos dos agentes de curadoría cultural, pero creo que la diferencia que los separa —lo que le quita el poder de convocatoria al primero y se lo entrega a ciegas al segundo— es el renovado sentido de comunidad provisto por la internet.

Mientras que el primero se sienta cómodo a decirle al individuo que —haga lo que haga— debe suscribirse al consenso general para validar sus gustos o intereses artísticos, el segundo se pone los zapatos del individuo y prepara una lista de sugerencias basadas en los gustos compartidos por otros individuos interesados en obras similares. Mientras que el primero pretende que tú te ajustes a una norma, el segundo se ajusta a ti, te da opciones y acepta tus gustos por lo que son: tuyos y de nadie más. El primero habla en términos absolutos; el segundo, en términos relativos.

En una sociedad que recién redescubre el mundo por medio de una tecnología facilitadora de comunicación y conectividad como lo es la internet, la arrogancia que cunde el discurso del curador elitista al que Manuel rechaza se ha convertido en aquello que lo enajena del mismo público al que pretende educar y reprochar de un mismo soplo. Y mientras que esto implica mayor tolerancia por gustos irreparablemente terribles (léase: los Coelho, los Evanescence, y los Bob Ross del mundo), creo que, precisamente por el enfoque en nuestros propios gustos y los de aquellos como nosotros,3 ya no debe alarmarnos tanto (si quiera importarnos) la obra que consuma nuestro oh-tan-insoportablemente-ignorante prójimo. Como dice Manuel,

En cualquier caso, no les corresponde a los letrados definir para qué sirve o deja de servir el arte y la literatura que consumo; tampoco a los incultos. Ello me corresponde a mí únicamente. Me corresponde gozar lo que leo, más el proceso de escoger lo que leo, a mí y a más nadie.

O, como intentó enseñarnos un gran puertorriqueño hace mucho tiempo atrás:

Soy cafre, ¿y qué?

Notas al calce

1 “Industria musical” se refiere, en este caso, a la producción, distribución y venta de grabaciones musicales, y no necesariamente (o, al menos, no tan directamente) al performance de la música en directo.

2 Por supuesto, no sin un intercambio juguetón de funciones: eMusic no vacila en editar el contenido que distribuye, de manera que distintos gustos se vean atendidos por un agente que conoce, degusta y recomienda. Igualmente, una disquera X elige distribuir su catálogo (entero, o en parte) por eMusic, tomando así una decisión de distribución basada en las propiedades curatoriales de la tienda virtual.

3 Entiéndase: los gustos de nuestros “vecinos”, término cuyo uso en comunidades virtuales de interés cultural —como Last.FM y otros— implica un acercamiento cultural que trasciende la distancia geográfica.

Arte, dinero… ¿Engaño?

miércoles, abril 23rd, 2008

Recientemente, Ezequiel Rodríguez Andino escribió un comentario corto en el blog de Frecuencias Alternas acerca de una nueva colaboración entre Brian Eno y David Byrne. Menciona que, con la reciente tendencia de bandas fenecidas a reunirse luego de varias décadas y hacer todo un espectáculo de ello, le preocupa que esta colaboración (una que envuelve a dos vacas sagradas que imponen muchísimo respeto particularmente en círculos de conocedores de música) redunde en sólo otra reunión más motivada exclusivamente por la ganancia que suele implicar el revivir un proyecto/banda/colaboración que tuvo mucho éxito en el pasado (o cuyo estatus de clásico de culto ha llevado su memoria a algo más grande que la suma de sus partes).

En particular, Ezequiel habla de su preocupación con las motivaciones detrás de las reuniones, expresando que la motivación exclusivamente económica es deplorable para él. Para mí también lo es, o lo ha sido hasta ahora, que su nota —especialmente el intercambio que se dio en los comentarios— me ha hecho pensar más en el asunto, y cuestionar mi propia manera de ver todo este asunto.

¿Es acaso tan malo hacer arte por dinero? Mientras más lo pienso, más comemierda y tonta me parece la idea (que yo mismo he adoptado durante años, aclaro) de que si existe alguna motivación económica detrás de la creación de una obra de arte, la misma no es digna, carece de integridad artística, no es válida o es de alguna otra manera una criatura baja e inmunda. O, como mínimo, menos merecedor de mi respeto o admiración. O sea, es arte, sí… pero no es Arte. Es una idea medio pendeja con ropa de elitista, pero que sigue siendo pendeja.

Citaré al mismo Eno, quien en una conferencia (creo que un TED, pero no recuerdo) dijo algo a modo de “el verdadero arte está en la experiencia, y no en la obra”. La obra no importa, entonces, tanto como la experiencia que el espectador —ese individuo, con su bagaje, su educación, su perpectiva, sus valores, su política, sus convicciones y prejuicios, y todo lo demás que comprende a esa persona— registra al consumir la obra.1

Si la obra no es protagónica, entonces ¿de qué nos sirve saber su motivación? Bueno, hay mucho que abogar a favor del contexto, y dependiendo de a quién se le pregunte, uno ha de toparse con quienes digan que el contexto lo es todo, que ahí llace el verdadero significado de cualquier obra de arte.2 Entonces, cabría argumentar que la motivación detrás de una obra provee contexto —ya que, convenientemente, cualquier información acerca de cualquier cosa provee contexto acerca de esa cosa. Supongo entonces que la pregunta es: ¿por qué nos debe importar? O, en términos menos absolutos, ¿por qué nos debe importar tanto?

Tenemos una relación de amor y odio con el dinero. A todos nos encanta gastarlo, pero por alguna razón tomamos el deseo de obtenerlo como un mal imperdonable, particularmente en lo que refiere a los artistas. Y aclaro: no es que estemos en contra de que nuestros artistas ganen dinero, es que nos incomoda que hagan lo que hacen por dinero, lo cual es muy distinto. Nos gusta que nuestros artistas se mantengan bien peace & love, y que acepten el dinero sólo como un mal necesario para sobrevivir. Por alguna razón, el dinero —ironically enough— abarata las intenciones —y, por asociación, la obra— de un artista, y ya no es genuino.

En mi opinión, se me ocurre que —en particular aquellos de nosotros fanáticos empedernidos de la música, las artes plásticas, etc.— creamos un enlace muy personal con el arte que consumimos. Nos sentimos en parte como que esa obra nos habla a nosotros personalmente, que es un ente que piensa y que nos conoce. Entonces, queremos que la experiencia de crear la obra sea tan sexy sensual para el artista como lo es para nosotros el consumirla. Porque, de otro modo, nos sentiríamos usados, cual colegiala que le soltó el canto a un tipo que le susurró cosas lindas al oído y al final sólo quería meter mano.

Le pregunto a los tres gatos que leen este blog: ¿Creen que el deseo del dinero como parte de la motivación detrás de una obra sea algo engañoso, poco genuino o de alguna otra manera negativo para nuestra evaluación de dicha obra? Si la respuesta es que sí, ¿por qué?

Notas al calce

1 Y digo consumir en todo el sentido práctico de la palabra, incluyendo el sentido que comprende la actividad consumista de adquirir un bien o servicio a través de un intercambio de moneda u otros bienes y servicios, dentro de un mercado.

2 Posmos unidos, jamás serán vencidos. Aunque sí re-contextualizados.

Dios creó al hombre.
Luego creó el Grammy…

miércoles, diciembre 5th, 2007

… y dijo, “Aquí tenéis, hijos míos. Repártanselo entre sí.”
Entonces se puso cómodo y sacó el popcorn.

Se puede discutir muy a fondo el hecho de que el mundo es caprichoso. Me refiero al mundo natural, tanto como al mundo de los hombres (y mujeres, y hemafroditas, y transexuales, etc.). Podríamos irnos en toda una exploración retórica de lo más amena y convincente acerca de lo equivocados que estamos al criar a nuestros niños bajo la terriblemente falsa premisa de que el mundo es justo, y de los efectos irreversibles que eso tiene sobre la psiquis de personas que, en su mayoría de edad, se dan con la muy fría realidad: el mundo es una mierda, de veras.

Pero hoy no pienso discutir este tema. Para nada. Hoy quiero discutir algo un poco distinto, y es la tendencia de algunas personas a quienes no les basta con creer que la buena obra merece reconocimiento y recompensa, sino que van más allá a pretender que su mera presencia —peor: su existencia— sea halagada, reconocida, recompensada. Y para aquellos que se estén preguntando qué tiene esto que ver con la temática de este blog: tiene todo que ver. Es una cuestión cultural.

Afiche anunciando la 3ra Premiación de los Premios Grammy Afiche anunciando la 3ra Premiación de los Premios Grammy. No guarda mucha relevancia con este comentario, pero es bonito. Imagen sacada de SalliTerri.org

En Puerto Rico (y hablo de nuestra isla a falta de suficiente experiencia vivida en otros países) todas y cada una de las disciplinas culturales (las artes, digamos) están manchadas con el ay, bendito. Claro, básicamente todo en este peñón está basado en el ay, bendito, pero las artes, en particular las populares (música pop, literatura pop, entretenimiento pop) están embarradas de ello. Partimos de la premisa de que el esfuerzo nada más merece respeto; que el mero ejercicio de comenzar a explorar un proceso creativo nos debe conseguir la adulación de espectadores y colegas por igual. La calidad del trabajo es irrelevante, o más bien: se da por sentado. Se presume que es bueno porque es de aquí, o (peor) porque se hizo con empeño.

Difícilmente exista mayor arrogancia que la que implica el imponer importancia y atención sobre la obra de uno sólo por su mera existencia. Sentirse seguro acerca de su trabajo no está nada mal, y ser un comemierda cuando se habla de su propia obra es una delicia, en mi opinión. Pero pretender —no, exigir— que las demás personas reconozcan, validen y recompensen la obra de uno porque “yo me esforzé demasiado y no es justo que no se me reconozca” supone que, más allá que hacer un buen trabajo, hacer cualquier cosa nos debe garantizar algo a cambio. Pero qué cojones.1

Tal es el caso de la macabramente arreglada Ivy Queen, quien ya por segunda vez ha expresado, muy a lo chamaquita desquitada, su repudio por la “falta de justicia” en la entrega de los premios Grammy Latino2 del año pasado. Hasta dijo que “Esa noche habló la gente. Se le escuchó decir Ivy. Ese fue mi Grammy, no lo que la Academia piense”.3

Era suyo, no lo que la Academia piense. Entiéndase: la Academia se puede ir al mismísimo carajo. Ese Grammy era de ella, porque es lo justo, es lo buenagente. Porque el premio Grammy es un premio del pueblo. Dios4 creó al hombre y luego creó el Grammy para que nos lo repartamos entre nosotros para honrar el esfuerzo ajeno. Y no sé cómo exactamente funciona, pero en algo tiene que ver “la gente”, ese ente mítico que tanto artista, político y alicate publicitario le fascina citar.5

Pero su arrogancia es más agresiva todavía. No sólo pretende que se le apremie a ella, sino a otros colegas reggaetoneros allegados a ella. Allá para cuando el lamentable incidente en el que nadie le dio un dulcesito a la Ivy para darle tres a Calle 13, esta expresó que debieron repartir los Grammy relevantes (o sea, aquellos para los cuales sean elegibles los artistas del reggaetón) entre los reggaeroneros allí presentes. “Tres Grammys es mucho. Hay muchos raperos para dividirlos,” dijo luego de la actividad de premiación del año pasado.6

Ivy Queen es de los casos más visibles, por supuesto, pero esto se ve desde en un certamen regional de X o Y, hasta en las reseñas de cine y música, y pasando por los intercambios triviales y supérfluos (por no decir “las lamidas de culo”) que suelen pasar por entrevistas a la clase artística en Puerto Rico. Y es que así nos criamos: exigimos curvas en la escuela, y proyectos de puntos extra en la universidad. Pretendemos que nos le den al menos una cintita de “esfuerzo” al nene o a la nena en el field day de la elemental, y que le digan “casi ganador”. Le aplaudimos al piloto por aterrizar el avión como se supone que lo haga: sin hacernos mierda que arde en plena pista de aterrizaje.

¿Acaso ese es el mundo en el que vivimos? ¿Acaso los reconocimientos son pan y agua para repartirse entre todos, porque así nos lo merecemos? ¿Qué valor tiene un premio, o una recompensa, o un halago, cuando pretendemos que nos lo den por el mero esfuerzo, cuando nos creemos que nos lo merecemos? ¿No es hipócrita exigir que le apremien a uno así porque sí, para luego reclamar dicho premio como un logro que aceptamos con humildad y desinterés? Hago estas preguntas no de manera retórica, sino franca. ¿Alguien se digna en contestar?

En los próximos meses, pretendo escribir una serie de ensayos cortos explorando este fenómeno del “pobre de mí/porque yo me lo merezco” que tan arraigado está en nuestra cultura, en un intento —posiblemente inútil— por encontrar una fuente, un punto de partida desde el cual podamos retomar los pasos que nos han traído hasta aquí. Para qué fin, exactamente, está por determinarse todavía.

Notas al calce

1 Cualquier similitud con la cultura del mantengo es puritita coincidencia.

2 O sea, si es el Grammy, que ya no guarda relevancia alguna con el mundo real, imagínense el Grammy Latino. El spic de los Grammy. The token latino of the Grammy Awards, if you will. Have some self-respect.

3 Cita sacada de este artículo, del El Nuevo Día. Si no logra acceder al artículo, debe ser gracias al sistema de archivo estilo “memoria corta” que tan cariñosa y adecuadamente ha adoptado la prensa escrita en Puerto Rico.

4 El de tu preferencia… no voy a entrar en ese debate.

5 Más acerca de “la gente” en un ensayo corto próximamente.

6 Cita sacada de aquí, página que ahora ni siquiera se digna en anunciarnos que el contenido ha sido removido del sitio web de Primera Hora. Go, team. Por otra parte, YouTube nos tiene algo mejor y más risible que un reportaje de Primera Hora. Favor notar la exclamación incrédula de quien que se encontraba cerca de la cámara. Priceless.