Diseño gráfico ≠ Publicidad
Hay algo terriblemente disfuncional con la idea de que el único fin viable para el diseño gráfico es la publicidad. Parece mentira, pero por alguna razón ese parece ser el consenso general en Puerto Rico. Se puede diseñar cualquier cosa, claro, pero no parece tomarse muy en serio a menos que sea producto de un esfuerzo de mercadeo, que mueva un producto o marca, que se pueda medir en números (sean moneda o de índole estadístico). Es como si diseñar cualquier cosa que no redunde en un pitch publicitario fuera más como jugar a diseñador que otra cosa. Trabajar en una agencia de mercadeo, publicidad o agencia creativa1 es “cosa seria”.
Y no es que no lo sea. Por supuesto: la publicidad, el branding y el mercadeo son ejercicios de diseño perfectamente válidos, respetables y encomiables. Sin embargo, estas actividades no resumen el valor ni el potencial del diseño gráfico. Por cierto, son ejecuciones de diseño cuya función se reduce a algo bastante elemental y —en mi opinión— entorpecedoramente repetitivo: vender algo. Y vender a mí me aburre.
El diseño gráfico es una herramienta de comunicación que trasciende las necesidades comerciales de una corporación. El diseño gráfico nos ayuda a navegar espacios, objetos y sistemas; nos permite representar ideas, visualizar conceptos. Es una herramienta que convierte lo abstracto en algo palpable, que abstrae del mundo real para facilitar nuestra comprensión e interacción con él. Educa, facilita e informa.
El ejercicio de diseñar, su ejecución, es una expresión de la inteligencia y la sensibilidad humana, y —como tal— sirve para algo más allá que convencernos de favorecer Colgate sobre Crest, no sólo porque los seres humanos servimos para algo más que vender, sino —más importante— porque servimos para algo más que comprar. Y es imprescindible comprender esta distinción a la hora de determinar el rol que el diseño2 debe tener en nuestra sociedad, porque el mismo no es acerca de qué puede hacer el diseñador, sino acerca de qué necesita el usuario que lo consume.3
Creo que este —el valor de mayor importancia para el diseño: lo que el mismo representa para el usuario— brilla por su ausencia en nuestra idiosincracia, nuestro diálogo popular; y pienso que en gran parte es por ello que pecamos de la ya mencionada falta de cultura de diseño en nuestro país. Combinamos esto con nuestra obsesión con el comercio y lo que obtenemos, entonces, es un excelente recurso terriblemente desperdiciado.4 Y, por supuesto, es de esperarse: encajonar lo que no conocemos, limitar su viabilidad y usabilidad a un contexto estrictamente comercial, es una reacción propia de una sociedad entorpecida por el comercio.
Si, como he discutido en este blog anteriormente, fuéramos a organizar un esfuerzo de concientización, educación y diálogo en Puerto Rico acerca del diseño, su éxito sería directamente proporcional a su efectividad para inyectar el valor funcional del diseño —la capacidad que tiene para mejorar nuestras vidas en distintos niveles que trascienden lo puramente estético y lo puramente comercial— en nuestro diálogo popular.
Pero, ¿será esta sociedad obsesionada con el comercio capaz de redescubrir el valor del diseño fuera de ese contexto comercial? A mí me gusta pensar que sí.
1 Muchas veces un popular eufemismo para “agencia de publicidad con ínfulas artsy fartsy”.↑
2 Y aquí hablo del diseño en todas sus disciplinas.↑
3 Aquí utilizo el verbo consumir, pero el mismo no debe confundirse con el concepto de comprar. Me refiero a la acción de consumir, incluyendo el consumo comercial así como el no comercial.↑
4 And make no mistake about it: el diseño es un recurso natural del ser humano. Más que eso, es un recurso renovable y perfectamente sustentable. Talk about win-win.↑
viernes, 15 de agosto de 2008., 11:27 am
[…] diseño permanecerá reducido a un ejercicio estético, engañoso y de poca resonancia social, una herramienta más de venta, un recurso desperdiciado. Mientras una cajita genérica con algo pintado encima lleve la bandera […]