El elitismo y la curadoría cultural
Ayer martes Manuel Clavell Carasquillo publicó un comentario corto en respuesta a una columna que publicara Mayra Santos Febres en la edición del domingo pasado de El Nuevo Día, y si bien de manera tangencial también relacionado a esta entrada en el blog de Félix de Azúa. En resumidas cuentas, Clavell Carrasquillo demuestra un repudio inconfundible por el elitismo cultural que pretende dictar quiénes somos según la obra que consumimos. En palabras más sencillas, creo que el punto es que te puedes meter tu reverse chronological snobbery por donde más incomodidad te produzca.
Estoy de acuerdo con la mayoría de lo que dice Manuel. Si bien el arte nos puede ayudar a crecer como individuos, también lo pueden hacer un sinnúmero de experiencias humanas carentes de valor artístico alguno. Las artes componen una galaxia dentro de un universo de vías hacia ese fin, y elegir las artes para ello no nos hace mejores o más completos seres humanos.
Manuel también expresa que en su opinión la literatura dura ha muerto. También comparto esta opinión en la medida en que “literatura dura” se refiera al trabajo literario (e incluyo las artes plásticas y la música en “trabajo literario”) que sufre de ser catalogado por críticos, connoisseurs y demás curadores culturales como vacas sagradas e intocables que simplemente debemos consumir (claro está: si es que uno quiere sentirse como que cuenta).
En años recientes, se ha discutido bastante (en blogs, revistas, simposios y demás aparatos de diálogo) acerca de la muerte de la industria musical como la conocemos.1 Las disqueras multinacionales se tropiezan consigo mismas al resistirse y adaptarse —así, de un solo cantazo— a los cambios impuestos por un mercado obsesionado (pérate, no… una sociedad embelesada) por la internet y todo su potencial. Yo estoy convencido que el sello disquero de estos tiempo brillará por su función curatorial (función que muchas disqueras pequeñas han cumplido durante años, pero nunca antes de manera tan prolífera, abierta y mainstream como ahora). La internet está ayudando a marcar la separación de las funciones de distribución y curación, resultando en excelentes beneficios para el consumidor: (a) mecanismos de distribución más cómodos, adecuados y eficientes para (b) agentes curatoriales más especializados.2
Podrían confundirse fácilmente estos dos agentes de curadoría cultural, pero creo que la diferencia que los separa —lo que le quita el poder de convocatoria al primero y se lo entrega a ciegas al segundo— es el renovado sentido de comunidad provisto por la internet.
Mientras que el primero se sienta cómodo a decirle al individuo que —haga lo que haga— debe suscribirse al consenso general para validar sus gustos o intereses artísticos, el segundo se pone los zapatos del individuo y prepara una lista de sugerencias basadas en los gustos compartidos por otros individuos interesados en obras similares. Mientras que el primero pretende que tú te ajustes a una norma, el segundo se ajusta a ti, te da opciones y acepta tus gustos por lo que son: tuyos y de nadie más. El primero habla en términos absolutos; el segundo, en términos relativos.
En una sociedad que recién redescubre el mundo por medio de una tecnología facilitadora de comunicación y conectividad como lo es la internet, la arrogancia que cunde el discurso del curador elitista al que Manuel rechaza se ha convertido en aquello que lo enajena del mismo público al que pretende educar y reprochar de un mismo soplo. Y mientras que esto implica mayor tolerancia por gustos irreparablemente terribles (léase: los Coelho, los Evanescence, y los Bob Ross del mundo), creo que, precisamente por el enfoque en nuestros propios gustos y los de aquellos como nosotros,3 ya no debe alarmarnos tanto (si quiera importarnos) la obra que consuma nuestro oh-tan-insoportablemente-ignorante prójimo. Como dice Manuel,
En cualquier caso, no les corresponde a los letrados definir para qué sirve o deja de servir el arte y la literatura que consumo; tampoco a los incultos. Ello me corresponde a mí únicamente. Me corresponde gozar lo que leo, más el proceso de escoger lo que leo, a mí y a más nadie.
O, como intentó enseñarnos un gran puertorriqueño hace mucho tiempo atrás:
Soy cafre, ¿y qué?
1 “Industria musical” se refiere, en este caso, a la producción, distribución y venta de grabaciones musicales, y no necesariamente (o, al menos, no tan directamente) al performance de la música en directo.↑
2 Por supuesto, no sin un intercambio juguetón de funciones: eMusic no vacila en editar el contenido que distribuye, de manera que distintos gustos se vean atendidos por un agente que conoce, degusta y recomienda. Igualmente, una disquera X elige distribuir su catálogo (entero, o en parte) por eMusic, tomando así una decisión de distribución basada en las propiedades curatoriales de la tienda virtual.↑
3 Entiéndase: los gustos de nuestros “vecinos”, término cuyo uso en comunidades virtuales de interés cultural —como Last.FM y otros— implica un acercamiento cultural que trasciende la distancia geográfica.↑
miércoles, 11 de junio de 2008., 9:13 am
Spot on!
miércoles, 11 de junio de 2008., 10:06 am
Thank you, sir!